Cuando tenía nueve años, la vida era tranquila, porque estaba bendita, con la bendición de la ignorancia, quería crecer pronto, sin ninguna razón, solo quería ser grande.
Ahora lo soy, de cierta manera, y no me gusta.
A lo largo de los años vi lo que el destino le hizo a mis amigos, las niñas se hicieron mujeres, tienen hijos, pero no maridos. Los niños no lograron ser hombres, unos cayeron en drogas, otros también tienen hijos, pero no familias. Y otros... otros ya no están vivos.
A los catorce años saludé por última vez a quien fuera para mí un gran amigo, no hubiera imaginado que tres años después terminaría en una calle, volviéndose una cifra más en los índices de homicidios.
A los dieciséis vi de lejos a un compañero de educación media, tampoco creí que suyo sería el cuerpo que flotaba inerte en un río, del cual los vecinos hablaban solo unos meses después.
A los veintiuno descubrí cómo el que fue mi primer amor, durante mi infancia, había caído en drogas, había perdido aquel brillo de cuando era un niño.
Mientras más pasa el tiempo, peores se vuelven los descubrimientos, por una vez no hablaré de política, por esta vez no culparé al gobierno.
Porque hoy hablo con la venda de los sentimientos, hoy no veo más allá de esos cuerpos.
No. Sea por el clima luctuoso de este día, o por cualquier razón.
Solo veo a mi amigo, de quien no me despedí y escribo.
Que he crecido, y no me gusta, que ahora entiendo, y no me gusta. Que lo que veo, simplemente no me gusta.
Y ¿por qué escribir? Por la misma razón por la que se ríe, para no llorar.
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