Ya era suficientemente malo que hasta los pequeños hijos de El Salvador estuvieran acostumbrados a ver cuerpos sin vida, tirados en la calle. Pero ahora se celebra.
Si es un pandillero, sin importar las razones, es una victoria, y los padres aplauden, se ríen, le enseñan a sus hijos que la muerte prematura de un joven es cuestión de orgullo, porque esa vida "ya no tenía remedio".
Y dice la canción "¿a dónde vamos a parar?", cuando un alma inocente se pervierte, pues la guían de forma equivocada.
"No hay camino para la paz, la paz es el camino" expresaba Gandhi, aquí sería "no hay camino para la paz, ya no hay camino".
Imaginen por un momento una sociedad donde nadie confía en nadie, el pueblo no cree en sus funcionarios, los funcionarios por su parte son corruptos, el gobierno es corrupto, todo es corrupto.
Donde te tienes que cuidar la espalda de tus vecinos, porque por una "mala mirada" te pueden matar. Donde no podes acudir a nadie, porque nadie te ayudará.
Donde estás solo.
Y los pequeños se vuelven pandilleros, por cualquier razón, terminan en el asfalto, ahogados en su sangre, con gente que observa satisfecha.
¿A dónde vamos a parar?, si es que podremos hacerlo.
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