Al observar lo que sucede en mí país, me he percatado de que la situación de la inseguridad, no es solo culpa de las políticas blandengues del gobierno, es culpa de la gente misma.
En pláticas casuales, frecuentemente se habla del miedo que los ciudadanos le tienen a los delincuentes, de la fascinación que nosotros, los salvadoreños, le tenemos a aquellos que se arman de valor y toman la justicia en sus manos, de pueblos que no se dejan amedrentar en la forma que aquí permitimos, y de como deseamos "paz".
Pero todo es mentira, lo único que deseamos es comodidad, lo único que cultivamos es ignorancia, lo único que practicamos es la indolencia. Si hacemos cuentas, las "buenas" personas somos muchas más que las "malas", ¿cómo es posible que nos dominen entonces? ¿porqué un grupo supuestamente reducido tiene al país en sus manos?.
Les digo la respuesta, cada miembro de esta suciedad (sí, suciedad) colabora a que el barco se hunda, de esta manera: sin un mercado, no hay mercader. Si nadie comprara objetos robados, poco sentido tendría el hacerlo. Si los padres educaran a sus hijos en valores, las madres no tendrían que llorar su pérdida, fingiendo desconocer la causa de la misma.
Yo me pregunto ¿por qué dentro de un núcleo emparentado se toleran las graves faltas que uno de sus miembros comete? y así en todo el territorio, en cuyo panorama, en vez de verse hogares, se ven filas de ratoneras, las casas funcionan como escondrijos de victimarios, de los cuales todos son cómplices.
Y a pesar de esto, me atrevo a definir nuestra negligencia como "comodidad", término plenamente risible dado que nos están matando, y ¿desde cuando morir es agradable?. Pues como exponen la Sagradas Escrituras "Dice el perezoso: El león está en el camino; el león está en las calles. Como la puerta gira sobre sus quicios, así el perezoso se vuelve en su cama".
De la misma forma el pueblo salvadoreño prefiere cerrar sus ojos y fingir que no hay nada que pueda hacer para cambiar esta realidad.
¿De dónde podrás, oh El Salvador, sacar el valor que necesitas para oponerte a esta errada cultura?
Cuándo podremos decir ¡ya basta de tanta indulgencia!
Seguramente, el día en que decidamos despertar.
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